El pasapuré electoral

EMMANUEL RODRÍGUEZ

@EMMANUELROG, ES MIEMBRO DEL INSTITUTO DM.
PUBLICADO 2019-11-07 13:15

El Salto

abe preguntarse si estas nuevas elecciones, las enésimas, tienen algún interés (positivo o negativo) para las iniciativas de movimiento. Cabe hacerse esta pregunta justo cuando ya no hay ninguna duda de que el tiempo de la nueva política ya es pasado. Si estas elecciones nos ofrecen una conclusión evidente es sencillamente esta: Podemos se ha convertido en el bis de Izquierda Unida que lleva tres años prometiéndonos; por su parte, el chiringuito de Errejón se nos ha mostrado como la Nueva Izquierda, sin espacio electoral y a media hora de su desembarco en el PSOE.

En esta situación, ¿algo que salvar? ¿Algo que pensar en torno al 10N? Dos perspectivas, bastante distintas.

En un sentido, las elecciones son una gigantesca encuesta sobre el estado de ánimo de una sociedad. Antes que elegir un gobierno, muestran a la clase política en su conjunto un delicado mapa de orientaciones y estados de ánimo. A la vez son un campo de pruebas para todo encuestador-gobernante acerca de los posibles sentidos y direcciones del malestar social. La maestría del político (al igual que la del sociólogo encuestador), en una sociedad afásica que dependen para casi todo de los medios de comunicación, consiste en poner palabras a flujos sociales aparentemente mudos, y de este modo orientar el voto, el resultado de la encuesta.

Bajo esta perspectiva, podríamos sugerir dos resultados de la macroencuesta del 10N, dos casillas mayoritarias en la distribución de la población. Por resumir mucho: un anhelo mayoritario de normalidad (la vuelta al bipartidismo), y un malestar social hoy expresado en los términos de la nueva derecha extrema, en forma de nacionalismo y racismo. Solo tenemos que esperar, y ver si se confirma lo que vienen señalando todas las microencuestitas de las pasadas semanas.

Caso de que todo sea como parece, PP-PSOE superarán la barrera de los 215-220 diputados, casi dos terceras partes del hemiciclo, camino de nuevo a los 20 millones de votos. Entonces: ¿recuperación o restauración del régimen? En realidad, el régimen integra hoy a todos los partidos en liza, no hay ni uno solo (incluido la vieja izquierda abertzale, reconvertida en socialdemocracia vasca) que represente una opción antisistémica, y que tenga sus horizontes políticos más allá de la industria de la representación. Y sin embargo, la vuelta a los viejos actores conocidos PP-PSOE, identificados con las políticas de Estado expresa algo a tener en cuenta: la onda expansiva que se inició en mayo de 2011, ya no tiene más recorrido, no parece que se vayan a generar nuevos efectos inesperados, al menos en un sentido emancipador.

PP-PSOE son la normalidad democrática tal y como la conocemos en este país, estabilidad y gobernabilidad, el deseo de una vuelta a lo de siempre por falta de alternativa. Y esto aun cuando tal estabilidad diste todavía de darse por sentada. No extrañe, por tanto, que el gobierno resultante sea el de un PSOE débil con abstención del PP. Esa sería la lectura más obvia para un encuestador-gobernante experimentado.

El otro resultado previsible de la macroencuesta del 10N es que, hoy por hoy, el malestar está del lado de la derecha: pasó el 15M. Da igual que consideremos a Vox como lo que es: una escisión del PP, hecha de oportunistas y profesionales, adosada a los aparatos de Estado y a las formas más parasitarias del capitalismo patrimonial patrio, y que obviamente sería tan sumisa a la Unión Europea como cabría esperar. Lo esencial aquí es lo que Vox significa para la parte crecida de sus votantes: los significantes (pongámonos errejonianos) rebeldía, sinceridad, autenticidad, patriotismo. Lo importante es pues preguntarse por el éxito relativo de esta combinación de neofalangismo, neoliberalismo y trumpismo. Un avance: Vox es un producto exitoso de la eficacia de la guerra cultural como modo de gobierno, y de la incapacidad de la izquierda institucional para ser algo más que una simple posición cultural y discursiva, esto es, una marca en el mercado electoral, una opinión y una posición moral, un vacío de formas de lucha y movimiento, una parte obvia de la industria de la representación.

Bajo la otra perspectiva, las elecciones son propiamente una modalidad de gobierno, una técnica de dominación. Y esto en el sentido de que son el gran momento de validación del gobernante-encuestador, el momento del consentimiento popular al engaño de la democracia —a lo que no es más que una oligarquía— y, por ende, la gran forma de legitimación de la misma. Baste recordar el significado del voto en los amagos de referéndum de Catalunya o las consultas plebiscitarias de Podemos.

No obstante, la situación de campaña permanente genera una distorsión. Estamos en una suerte de excepción prolongada, que se ha convertido en normalidad. En términos psíquicos, esta continuidad se parece mucho al “viento interno” que describen los psiconautas, cuando el viaje (de LSD por ejemplo) se estanca en una paranoia sin fin, cuando el flujo de pensamiento entra en parada y solo se reproduce en un bucle angustiante, lo que indica que las cosas no van bien. La fiesta de la democracia solo es fiesta si se espacia en el tiempo. Caso contrario provoca una mezcla de angustia y aburrimiento. La campaña convertida en rutina anega los cerebros. De nuevo, otra explicación de la vuelta del PP-PSOE.

En clave de movimiento, la cuestión es por qué esta técnica funciona. Dicho de otro modo, por qué todo aquello que se arremolinó alrededor del 15M no ha sabido quebrar esta técnica. No se trata obviamente de plantearse cómo anular la democracia electoral (o sí), cuando al menos mostrar un mínimo de autonomía de proyecto, de práctica e incluso de discurso frente al bucle electoral y partitocrático que llena la política hecha en la representación y en los medios.

Convendría aquí un inciso, lo que hemos llamado nueva política ha sido la forma de nuestro retorno a la democracia, nuestro particular paso por el pasapurés electoral. Ni la promesa de partido movimiento del primer Podemos, ni tampoco la inicial anomalía municipalista han logrado contribuir a la consolidación del archipiélago de contrapoderes que podría convertir la participación electoral en un monstruo con forma de quimera, mitad cabra, mitad león.

El resultado puede resultar paradójico. La crisis de representación se está resolviendo en un doble movimiento que nos devuelve a la impotencia. De una parte, el malestar de esta crisis, sobre todo de las clases medias, deriva en afirmación identitaria y nacionalista (al modo catalán o al español, igual da), en una guerra de trapos que aluden a legitimidades fantasmales en el mismísimo culo de Europa. La política se ha nacionalizado y nos ha desprendido de toda comprensión serena de donde están los poderes y el mando real de estos tinglados llamados Estados nación. En su peor versión, esta guerra se convierte en lucha entre pobres, racismo sin disimulo.

De otra parte, la ola 15M encalla en “lo progre” como horizonte insuperable de la política. Seguramente la mayor herencia de aquel acontecimiento, la formación de una esfera pública nueva, sea hoy un charco en el que unos saltan por encima de otros a fin de hacerse reconocer su mayor eficacia discursiva. Desgraciadamente, a solo medio metro de ese charco solo se escucha una lengua extraña, cuando no el ejercicio hipócrita de lo políticamente correcto. Nada complace más a la nueva izquierda/nueva política que la distinción, que el juego de la indignación y la adscripción al lado de un supuesto bien, que se opone al mal telúrico de los primitivos, los no iluminados y los malvados por naturaleza. La deriva reaccionaria y normalizadora de la mayor parte de la izquierda, de cierto feminismo, al tiempo que la invasión de la viscosidad progre del discurso no dejan muchos elementos para la superación interna.

Apenas queda tiempo para recordar que en política no hay moral, solo poderes anudados a vínculos sociales heterogéneos. La politización del malestar no se puede resolver en el discurso, ni tampoco en la presunción moral, se resuelve en las luchas, en la organización, en la construcción de comunidades concretas y lo hace mediante formas de cooperación y autoorganización que están por inventar. Faltan instituciones populares capaces de afrontar este reto: sindicatos sociales, sindicatos de precarios, movimientos de migrantes, centros sociales, ateneos, etc. Sobran otras muchas cosas, que apenas tienen sentido más allá del narcisismo intrínseco a la forma subjetiva de las redes sociales.

Quizá el tiempo de la crisis de las clases medias, y con ella de la zona 15M, esté pasando rápidamente a la historia. Quizá venga un tiempo de ambivalencia radical, en el que veremos luchas difíciles de interpretar en las claves buenistas y ciudadanistas que nos dejó aquel acontecimiento. Luchas más violentas, más brutales, menos “de izquierdas”. De momento, la clases medias se inclinan otra vez por la normalidad, al tiempo que una parte del malestar reclama para sí la autenticidad nacionalista de otro tipo de corrección política: antiprogre, autoritaria y racista. De nada servirá decirles que ellos son los malos y nosotr*s l*s buen*s.