La fuerza de la ciénaga: Contra todo nacionalismo

Lo más destacado de la situación en Cataluña durante los últimos años no ha sido la movilización permanente, el número de personas que han participado en ella o el contenido de las reivindicaciones. Lo que resulta más llamativo es la ausencia de una contestación inequívoca al Procés que no venga desde posiciones nacionalistas españolas, en un juego de espejos entre imágenes reaccionarias. Las oposiciones firmes, desde posiciones de crítica social y revolucionaria,  al movimiento nacionalista catalán se podrían contar con los dedos de una mano, siempre limitadas a tomas de posición de compañeros aislado.

Bien podríamos decir que el Tsunami ha afectado sobre todo a las filas de quien deberían haberse opuesto de forma inequívoca. Lo que queda de todo esto es un panorama desolador y una demostración más de lo insustancial y vacío de la crítica social de hoy en día.

Decía Paul Valéry que ya está todo dicho pero que la gente tiene tan mal oído que hay que repetirlo de nuevo. No es agradable recordar verdades de Perogrullo.

El llamado conflicto catalán tiene su origen en las disputas entre las oligarquías y burguesías de Barcelona y Madrid. Vamos, en como se reparten la plusvalía y los beneficios entre estos grupos mafiosos en un periodo de recursos escasos y de profunda crisis y transformación del capitalismo mundial.

El procedimiento de apelar al sentimiento de identidad nacional es el modo seguro de garantizarse el apoyo de importantes sectores sociales y el control absoluto de todo el movimiento, son sus reglas de juego, y el antídoto más eficaz para exorcizar lo que verdaderamente esta gente teme más: la lucha de clases. Para tantos grupos anarquistas y autoproclamados libertarios les debiera bastar echar una ojeada al pasado para ver como actúa esta misma burguesía cuando los de abajo osan cuestionar las relaciones sociales: sangre, fuego y metralla. Pensar estar en el mismo bando de esa gentuza debería hacer pensar a nuestros “antisistema”, pero esa verdad tan elemental  sigue jugando al escondite con ellos.

Hay que tener mucho estómago para no sentir nauseas viendo abrazarse al tal Fernández (de una tal CUP) a Artur Mas, un icono de lo más reaccionario y corrupto de la oligarquía catalana. Desprovistos de lo accesorio, es decir de la política antiobrera y represiva de Mas, lo que une a ambos en representación de sus respectivas bandas es una misma Patria. Así está el mundo de los “antisistema”.

La burguesía catalana se ha apoyado en las llamadas clases medias (funcionarios, profesionales de los sectores “avanzados”, la intelectualidad académica, estudiantes, etc.) golpeadas por la crisis y fácilmente susceptibles de convertirse en una masa amorfa. Son el tonto útil de la sociedad capitalista, las capas que absorben de forma natural toda la ideología del sistema, con sus rituales a la productividad, la innovación, la modernización y su cacharrería tecnológica.

Que todas esas personas se sientan concernidas y vivan con pasión su compromiso nacionalista no quita para que toda la movilización haya sido organizada, orquestada y ejecutada desde arriba. Y a toque de pito.

No es un movimiento de base, donde la autoorganización y la creación de un programa de acción, aunque fuera con debilidades,  ha surgido de un profundo tejido social. Quienes están en el puesto de mando han utilizado lo que les resulta consustancial a su naturaleza y está en consonancia con sus objetivos reaccionarios: la parte del aparato del estado que controlan. Es a partir del Govern, con sus Consellerias, los medios de comunicación públicos y los que subvencionan, las universidades, incluso con la aquiescencia de los cuerpos represivos, como se ha ido pergeñando el Procés.

Las organizaciones de la sociedad civil como la ómnium y la ANC son satélites vinculados a la iniciativa del aparato del Estado, aunque Ómnium venga de una larga trayectoria, y se han ido engordando a la sombra de los  presupuestos generales de la Generalitat. Los mismos organismos de “base” como los CDR o más recientemente el “Tsunami Democratic” manejan unos recursos organizativos y tecnológicos muy por encima de lo habitual en estos tipos de movimientos, enlazando simultáneamente sus acciones con el aparato institucional del Estado.

Por si todo esto no fuera suficientemente significativo, amplios sectores de la patronal son los más encarnizados luchadores de la causa. El movimiento es marcadamente interclasista. En las manifestaciones van juntos el presidente de la patronal del sector sanitario (el mismo que en el gobierno de Artur Mas intentó destruir en provecho propio el sistema de sanidad pública) con los trabajadores sanitarios, el propietario de la mayor multinacional catalana (el de “Adelante, sin miedo Presidente”) y sus trabajadores precarizados hasta la extenuación.

Son tiempos difíciles, tiempos de desmemoria. Contemplar una melé informe de  tipos con banderas rojas y rojinegras junto a sus empleadores, sosteniendo una “huelga de país” subvencionada por el Estado y la Patronal, es un espectáculo devastador. Incluso llegamos a echar de menos la dignidad de los viejos reformistas, como August Bebel, cuando en el parlamento Alemán fue aplaudido por la bancada conservadora y decía para sus adentros “ Qué habrás dicho, viejo Bebel”. Por lo visto nuestros “Antisistema” y Humanistas no tienen esa capacidad de sonrojo.

No le otorgamos al Estado el derecho a destruir a ninguna persona. Detestamos el sufrimiento infligido a los individuos, el sadismo punitivo del Estado, mucho más mediante penas de cárcel. Por ello no nos alegramos del encarcelamiento de nadie. Una de las tareas de una sociedad solidaria será abolir ese mecanismo de relación.

Justamente por ello a la hora de analizar el encarcelamiento de los líderes independentistas lo primero que hay que decir es que ellos antes de ser encarcelados fueron carceleros. La saña en la persecución contra los jóvenes que rodearon el Parlament, y de mil conflictos que se han dado durante estos últimos años, da cuenta de su naturaleza social y, porqué no, psicológica.  Si alguien tiene dudas basta con recurrir a la prensa y ver que decían algunos encarcelados y sus abogados sobre todos estos acontecimientos.

Pero hay que reconocerles que ellos no incurren en ninguna contradicción: están dispuestos a utilizar toda la potencia represiva del aparato del Estado para preservar esta sociedad. Lo dicen por activa y por pasiva, lo que quieren es controlar en su totalidad ese aparato.  Hasta donde les ha sido posible en su acción de gobierno, han orientado los esfuerzos de la policía patriótica (los Mossos) en esa dirección: priorizar el control de los sector sociales que pudieran poner, aunque sea de forma limitada, en cuestión el orden social: grupos anarquistas, ocupaciones, conflictos laborales descontrolados, asociaciones en defensa de las condiciones de vida, etc…Es decir, orientados a la represión social.

Incluso sintiendo empatía con su condición personal, habría que decir de forma clara que estos presos “No son nuestros presos”: porque lo que nos han aplicado en el pasado, nos ofrecen en el presente y nos tienen reservado para el futuro es la misma represión de la que ellos son víctimas ahora.

¿Alguien piensa que es casual que la mayoría de los nacionalistas condenados  estuvieran en homenajes a los hermanos Badía? ¿Cabe un acto simbólico más explicito? Llegados a este punto, no queremos que haya ningún tipo de duda: nosotros reivindicamos a quienes hicieron justicia con los Badía.

El nacionalismo es reaccionario y excluyente, el catalán no menos que el español, y es absolutamente incompatible con una propuesta de trasformación social que respete la igualdad y las diferencias culturales sin convertirse en entidades estatales. Lo que viene de matute en el movimiento nacionalista catalán, y  muchos prominentes dirigentes no lo esconden, es la destrucción de una comunidad real multilingüe y multicultural. Es bueno advertirlo ahora, antes de que los rasgos nacionales “verdaderos” sean impuestos con procedimientos violentos. No debiera sorprender a nadie, a fin de cuentas el movimiento nacional catalán hace parte del auge de los nacionalismos en todo el mundo, especialmente en Europa. Es con estos, y no con las revueltas  de Chile, Líbano, Haití, Honduras, etc…que cabe emparentar al nacionalismo Catalán. Dándole coherencia en el conjunto de la situación mundial.

Incluso cuando se enfrenta violentamente a la policía, en algunas ocasiones los Mossos son considerado de los “nuestros”, no aportan una perspectiva liberadora. Contrariamente a la apreciación de muchos grupos anarquistas y personas del mundo libertario no consideramos la lucha con la policía un valor en sí mismo. Lo que da sentido revolucionario a un enfrentamiento con el aparato represivo del Estado es con qué instituciones se desea reemplazar a las que se combate. Es ridículo pensar que quienes han impulsado y dirigido todo el movimiento nacionalista tenga ni el más mínimo propósito de darnos algo diferente a lo ya existente. Eso sí, bajo otra bandera.

El enfrentamiento con el estado no es un puro ejercicio de desahogo personal, como quien va al gimnasio.

No hay que hacer mucha memoria para recordar como numerosos movimientos reaccionarios han combatido contra la policía, incluso de forma encarnizada.

Siguiendo el dicho de los revolucionarios que nos precedieron, de que nuestro mayor enemigo es nuestra propia burguesía, nuestra oposición al nacionalismo catalán es frontal. Y lo es por motivos de principios. La sociedad que nos proponen es la misma en la que estamos ¡y cómo podría ser algo diferente si ya son los amos de lo que hay!

Las tareas que tenemos ante nosotros nada tienen que ver con la construcción de nuevos Estados-Nación, ese atavismo regresivo que la burguesía y el capital agita en determinadas zonas del mundo, es expresión de su profunda decadencia social.

Habrá quienes piensen en los tacticismos, en no separarse del movimiento, en combatir ciertas debilidades e influir en ciertos sectores, en no tirar el niño con el agua. Lejos de conseguir resultados lo que se logrará es degradar la perspectiva liberadora, introduciendo como buenos conceptos y prácticas que hacen parte del Capital. No hay atajos. Solo vale afrontar la situación con honestidad y claridad.

La única tarea en que nos sentimos concernidos es en luchar contra esta sociedad del trabajo asalariado y la ley del valor, del Estado y las jerarquías, de la destrucción de las sociedades y de la naturaleza, de la feroz represión contra los que se atreven a chistar, de la mercantilización de todas las facetas de la vida.

Hoy, aquí, para poner en marcha esa perspectiva, aunque sea modestamente, pasa por combatir sin ambages el nacionalismo catalán.

Barbaria – Noviembre 2019

¿Deconstrucción?

junio 4, 2019

Extraído de La Oveja Negra N°62, Abril-Mayo 2019. Año 8
Boletín de la Biblioteca y Archivo Histórico-Social “Alberto Ghiraldo”

“La teoría de la deconstrucción, supone que existen identidades o determinaciones de las cuales podríamos desprendernos por simple voluntad, como si estas fuesen una elección y no estuviesen definidas por un proceso de cientos de años y millones de personas.”

Cada vez más, en ciertos ámbitos anarquistas, feministas, militantes o de lucha en general, resuena el concepto de deconstrucción. Para muchos pareciera un elemento ineludible y necesario, el camino hacia un grado de mayor conciencia y puesta en práctica efectiva, que si alguna vez llegara a generalizarse haría posible un cambio social real. Se lo propone como una especie de autoanálisis y de toma de conciencia de privilegios, que dependerían y responderían a una serie de “interseccionalidades” (sexo, género, edad, raza, clase, etc.) que definen la identidad de cada individuo diferenciándolos de los demás y llevándolos a reproducir comportamientos y posiciones de poder o subordinación en relación a otros individuos. Es así que una persona en proceso de deconstrucción sería aquella que se está cuestionando sus “privilegios” y cambiando su forma de comportarse y relacionarse, intentando no reproducir ciertas formas, lógicas, comportamientos… de no oprimir con su existencia a otras personas.

Ahora bien, esta idea de que, de alguna manera, todos seríamos al mismo tiempo opresores y oprimidos ya que por todos lados hay relaciones de poder y es imposible escapar de ellas, muy simpática debe caerle a quienes se encuentran en altas posiciones de poder.

No es casualidad que estas ideas no deriven de las luchas ni de los balances de sus propios protagonistas sino de académicos, filósofos, intelectuales, así como tampoco lo es que estén tan presentes en ámbitos universitarios y de charlatanes a sueldo, perpetuadores del orden existente. De repente, nos hacen saber que el problema está en nuestro interior. El problema no es que nuestras vidas estén sometidas al trabajo, a los tiempos mercantiles, a la dictadura de la economía, del dinero y los relojes. Para los defensores de la deconstrucción, son a lo sumo condicionantes, pero no condiciones materiales a superar. Pareciera que lo más importante a resolver serían las relaciones de poder entre pares, quizás porque sea lo único que se presenta como posible. Así, todos podemos ser mejores con una simple toma de conciencia. Pero creer que es posible que la sociedad cambie por una toma de conciencia generalizada es tan ingenuo como creer que un funcionario del Estado, un político, un cura, un empresario, un policía, dejarían de beneficiarse de sus “privilegios” por hacerse conscientes de ellos.

De alguna manera, en todo esto, está implícita la actitud subjetivista, tan posmoderna, en donde la realidad ya no existe y todo se enfoca cada vez más en las percepciones y sensibilidades individuales. Así, se termina igualando la opresión del Estado con los “micropoderes” que ejerce cada quien. No es casualidad tampoco que este tipo de modas aparezcan en un momento de atomización absoluta, de susceptibilidad generalizada, de victimización paternalista. Luchar contra los que nos oprimen está pasado de moda y ahora nos oprimimos todos entre todos, incluso somos enemigos de nosotros mismos.

Tiempos de autoayuda, autosuperación, eliminación de malas influencias y energías dañinas para el progreso personal. Alimentación consciente, lenguaje inclusivo, conciencia sobre contaminación, estilos de vida. Todo está en nosotros como individuos y depende de nosotros como individuos. Y si fallamos, somos condenados como individuos y culpables. Otra vez, lo viejo se hace pasar por nuevo.

La teoría de la deconstrucción, supone que existen identidades o determinaciones de las cuales podríamos desprendernos por simple voluntad, como si estas fuesen una elección y no estuviesen definidas por un proceso de cientos de años y millones de personas. Además de la cuestión del individuo, surge la idea de que uno es lo que es porque lo elije, en otras palabras, porque quiere. Es así que una estudiante universitaria puede dedicarle más tiempo a su deconstrucción que una madre de cinco hijos. La perspectiva, en ciertos ámbitos de lucha, pareciera haber dejado de orientarse hacia un cambio social real para enfocarse en la creación de espacios seguros, donde no haya incomodidades ni conflictos, donde nadie se sienta discriminado ni excluido.

Con todo esto no estamos negado la importancia del cambio subjetivo o personal, ni del modo en que nos comportamos en lo cotidiano. Porque esto nos parece un elemento fundamental para la lucha revolucionaria y hasta una cuestión de supervivencia. Decir que «quienes hablan de revolución sin hacerla real en sus propias vidas cotidianas, hablan con un cadáver en la boca» es muy diferente a perder de vista el hecho de que todo aquello que reproducimos es parte de una relación social (no interpersonal) que debe ser destruida de raíz y superada. Y no por gusto, sino porque es la única manera. Porque justamente, si decimos que somos una “construcción”, esta construcción es social y social será su destrucción. Es de vital importancia comprender que lo que somos, muchas de las actitudes de mierda que reproducimos y que tenemos que destruir (no deconstruir) son producto de una vida que está sometida a las necesidades dem otros, a las necesidades de la economía antihumana que muchas veces nos vuelve inhumanos. Y mientras eso perdure, nos podemos hacer conscientes de ello y tensionar al máximo las posibilidades de no reproducción de sus lógicas. Eso no implica generar una atomización y desconfianza cada vez mayores que justifiquen y continúen reproduciendo los modos que nos impone el capitalismo.