Libro: "Saqueadores de espuma"

Un paseo por las ruinas de la ciudad neoliberal, gentrificada y ultratecnológica, en busca de los restos de verdadera vida al margen de la razón mercantil. A manos de Lurdes Martínez, escritora y poeta miembro del Grupo Surrealista de Madrid, y acompañado de varias decenas de fotografías tomadas por la propia autora.

Ediciones el Salmón

Pablo Batalla Cueto: “El montañismo que abandona el reloj está en decadencia”

Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en Historia por la Universidad de Salamanca. Ha sido colaborador en medios como La Voz de Asturias o Atlántica XXII y en la actualidad coordina la revista digital El Cuaderno y dirige A Quemarropa, el periódico de la Semana Negra de Gijón. Nos encontramos con él en la librería-cafetería La Revoltosa, en su ciudad natal, para que nos hable de su nuevo libro La virtud en la montaña. Vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (Trea Ensayos).

¿Qué es exactamente ese “thatcherismo alpinista” contra el que escribes tu ensayo?
Es un alpinismo que hace suyos y que promueve los valores del capitalismo neoliberal cuyo nacimiento asociamos a Margaret Thatcher: individualismo, competitividad y consumismo. El capitalismo neoliberal no es solo un sistema económico, sino también, cada vez más, una manera de subjetivarse y de comportarse. Thatcher decía que la sociedad no existe, que es un conjunto de individuos sueltos. Cada vez somos más esos individuos sueltos que ya no ven en la libertad del otro condición de posibilidad y una ayuda para la libertad propia, como quería Proudhon cuando hablaba de la “libertad social”, sino una libertad rival: competimos por ver quién es más libre y no tejemos lazos de fraternidad con los demás. Somos empresarios de nosotros mismos que compiten con otros empresarios de sí mismos en un mercado gigantesco. Todo es mercado ahora mismo.

¿Eso cómo se traduce en el montañismo?
En la decadencia creciente de una forma de acercarse a la montaña que tiene detrás una tradición de dos siglos y medio y que era un montañismo sosegado, lento, contemplativo, que reflexionaba, que abandonaba el reloj y que iba atento a todas las posibilidades que la montaña ofrecía. En la segunda parte del libro hago una serie de semblanzas. A mí me gusta mucho citar la de John Ruskin, que es el gran crítico de arte de la Inglaterra victoriana. Es un tipo de una cultura vastísima, de una sensibilidad exquisita y al que le gusta mucho la montaña. Va mucho a los Alpes y va con una mirada que es justamente la mirada que yo reivindico en el libro. Tiene escritos sobre la montaña en los que habla de arte, poesía, botánica, geología. También tiene una mirada política y denuncia la situación de miseria de los campesinos suizos afectados de bocio y de cretinismo. Incluso tiene escritos donde hay una sensibilidad temprana del cambio climático, que ya empieza entonces.

Ese montañismo entra en crisis. Los clubes de montaña, que fueron súper numerosos y súper activos en otro tiempo, tienen cada vez menos gente y gente cada vez más mayor. Hay dificultades para garantizar el relevo generacional. Sin embargo, está en un auge tremendo el mundo de las carreras, los trails, las maratones y las pruebas competitivas, que llenan otra vez la montaña de gente, como antes la llenaban los clubes, pero la llenan de gente muy distinta, que va a competir. Ves los grupos de montaña y suele ser gente mayor, ves los clubes de carreras y suele ser gente joven. Ahí hay una brecha generacional enorme que los clubes de montaña están desesperados por evitar.

Incluyes en el libro una frase de John Muir: “los grandes poetas, filósofos, profetas y hombres capaces cuyos pensamientos y acciones han movido al mundo, han bajado de las montañas”. ¿En la montaña se piensa mejor?
La historia de John Muir es preciosa. Es un tipo que llega a Yosemite huyendo de la Guerra de Secesión y se enamora del lugar. Los escritos que hace sobre él son preciosos, de una ingenuidad infantil muy bonita.

Hay una relación muy antigua entre montañismo y pensamiento. Kierkegaard decía que como mejor se piensa es caminando, que la mejor velocidad para pensar son los cuatro kilómetros/hora. El propio ponerse en marcha pone en marcha el cerebro de una manera que no provoca ni el estar parado ni el estar corriendo. Cuando vas corriendo todo tu cerebro se concentra en el acto de correr, se te llena la cabeza de esa letanía del “tú puedes”, “tú puedes”, “vete a por el objetivo”, “no pienses en nada más”. Nietzsche también tenía una frase parecida sobre cómo caminar favorece los mejores pensamientos. Ya en la Grecia clásica tenemos los paseos socráticos… Hay una figura muy antigua del filósofo que camina, que piensa y que dialoga. Caminar favorece el pensamiento.

¿Es lo mismo caminar por la ciudad que caminar por la montaña?
La montaña te favorece pensamientos distintos de los de la ciudad, pero las dos te favorecen pensar. Hay una figura común que es la del flâneur, el caminante que camina sin un rumbo fijo, que deambula, que va fijándose en lo que le sale el paso y al que eso conduce a relacionar cosas entre sí, a recordar cosas leídas… Se da todo un proceso de emulsión del pensamiento.

Yo nunca cojo autobuses, siempre voy caminando a donde sea, tanto en Gijón, que es una ciudad que lo favorece, como cuando viajo. En las ciudades que visito, me gusta ir caminando a los sitios porque, aparte de los cuatro highlights que tienes que ver me presta ver un poco la intrahistoria que decía Unamuno; la historia de lo “sin historia” y la hermosura de lo no explotado turísticamente.

Afirmas que, al igual que el clima, el alma humana también sufre un “proceso de recalentamiento, de derretimiento y de evaporación”.
Lo traigo a colación justamente a través de Ruskin. Él era crítico de arte y decía que la pintura de paisajes tenía que tener a la vez una “verdad de la impresión” y una “verdad de la forma”, tenía que reflejar un paisaje exterior y un paisaje interior, la montaña que uno ve y la sensaciones que eso le genera en su interior. Eso lo conecto con unas fotografías de los glaciares que Ruskin visitó —y Turner pintó— que hace ahora Emma Stibbon y que muestran cómo se han derretido casi completamente. Empezaron a derretirse en 1850 y hay quien dice que Ruskin ya debió de advertirlo. Esas fotos de glaciares vacíos también reflejan la verdad exterior e interior de nuestro tiempo. Nuestras almas cada vez están más vacías en muchos sentidos. Un sentido posible es que no hay universales. El relativismo de nuestro tiempo: todo fluye, nada importa… No hay grandes principios rectores que nos hermanen, sino que cada uno tiene su verdad.

En cuanto a lo del recalentamiento, una relación posible es que nos atraen cada vez más las estéticas salvajistas. Pensemos, por ejemplo, en algo aparentemente muy inocente: hace veinte años los faros de los coches eran puramente funcionales, cuadrados, de formas rectas, pero cada vez se han ido pareciendo más a los ojos de una bestia salvaje, estirándose y haciéndose puntiagudos. Hay una fascinación por estéticas salvajes de la que también pueden ser expresión los deportes extremos o incluso los reality shows, que al final son una competición salvaje por ganar. Nos fascinan las estéticas salvajes como fascinaban también a los artistas previos al fascismo hace cien años: aquellos cuadros de leones devorando antílopes y demás, que tenían que ver con el Nietzsche que ensalzaba a los matadores de dragones. En una sociedad adocenada y tranquila, la gente estaba cansada de la paz y demandaba una idea de salvajismo, de fuerza, de virilidad. Todas estas cosas tienen que ver ahora también con el auge del posfascismo.

Escribes que “la velocidad arruina e idiotiza”. ¿No son las redes sociales en general y Twitter en particular vectores privilegiados de aceleración?
Es el reino de la consigna, de la frase simple. Todo es complejo y necesitamos argumentos complejos sobre la realidad, pero hay toda una serie de mecanismos que nos imposibilitan ver la realidad así y nos piden pequeñas piecitas, respuestas de Trivial. En el libro hablo de unas profesoras canadienses, Maggie Berg y Barbara K. Seeber, que escriben un libro titulado The Slow Professor, que habla de cómo esta cultura de la rapidez también está permeando la enseñanza.

Cada vez se dan menos clases complejas, con hilos y argumentos complejos, y lo que se imparte en su lugar son conocimientos triviales, pequeñas piezas de conocimiento. Se nos proporciona un conocimiento de pequeñas piezas sueltas que se pueden engarzar, como los engranajes de una máquina, pero que en última instancia están sueltas, y no un conocimiento orgánico que nos enseñe la interrelación profunda de todas las cosas.

¿Cómo podemos hacer frente a ese “fascismo velocitario” que impone el mandato de la aceleración extrema a todas las cosas, empezando por nosotros mismos?
La expresión la tomo de Hartmut Rosa, que tiene un libro muy bueno, Alienación y aceleración. Él decía que la velocidad cumple todas las características del totalitarismo: lo permea todo, nada se escapa a su mandamiento y también hace muy difícil oponerse a ella. Todo totalitarismo dificulta considerablemente la disidencia. Yo mismo puedo estar aquí criticando la velocidad pero vivo en mi tiempo y soy una persona que, por ejemplo, participa en Twitter de esa velocidad.

No tengo una respuesta. Simplemente hacer las cosas despacio allá donde uno pueda hacerlas despacio, recuperar todo un campo semántico que es el del cuidado, la paciencia y la atención. Hay una filósofa que me interesa muchísimo que es Simone Weil, que hablaba de todas esas cosas. Recuperarlas allí donde se pueda y, un poco como hacía el antifranquismo, buscar parcelas de libertad; intersticios y contradicciones del sistema donde podamos colarnos con esa lentitud buscada y después ir expandiendo esas parcelas hasta —teóricamente— derribar el edificio.

Pero es muy complicado, porque la velocidad, ya digo, lo permea todo. Incluso la política se vuelve más veloz. La fascinación que despierta ahora la figura del referéndum, por ejemplo, tiene que ver con eso: respuestas simples, binarias, veloces, a problemas complejos que requerirían una deliberación democrática y que fiamos simplemente a que haya la mitad más uno de personas que deseen una de esas dos opciones. Se acelera el amor con Tinder, quiero tener pareja y lo quiero ya. El mundo de la comida rápida se traslada también a la montaña, los runners toman pastillas y geles, comen alimentos astronáuticos de aporte calórico grande e ingesta rápida. Evidentemente ya no se paran a comer una tortilla tranquilamente por ahí porque eso resta la posibilidad de arañarle segundos al cronómetro. Nos hacen comportarnos así en todos los órdenes de la vida y es muy difícil escapar.

“Caminar es un acto de recuerdo y enriquecimiento; correr suele ser en cambio una forma de olvidar”. ¿Una sociedad de runners es una sociedad espiritualmente empobrecida?
Urdangarin dijo hace poco que corre en la cárcel justamente para no pensar. El éxito del running tiene que ver también con que nos hacen llevar una vida súper desquiciante, llena de preocupaciones, de angustias, de deadlines… Justamente por esa velocidad que se nos impone, por esos criterios de productividad y de mejora constante del rendimiento, estamos súper desquiciados. Correr también es una forma inconsciente de escapar de ello. Estás corriendo y no estás pensando en nada más, ni en la hipoteca, ni en el trabajo, ni en el jefe.

Perelman pensaba —lo recoges en el libro— que el deporte se ha convertido en “el único proyecto de una sociedad sin proyecto”.
En un tiempo que ha abandonado los grandes metarrelatos, el deporte es el gran metarrelato que nos queda. Somos de un equipo de fútbol y eso vertebra nuestra vida. Cambias de novia, cambias de trabajo, cambias de casa, todo cambia, pero de equipo no.

El mismo surgimiento del deporte en el siglo XIX está vinculado al capitalismo. El fútbol, por ejemplo, es un deporte que tiene varios siglos de antigüedad, pero con una forma muy distinta a la de ahora: partidos multitudinarios en los que participaba una aldea entera, sin unas reglas demasiado fijas, sin tiempos medidos. Se soltaba una pelota y salía todo el pueblo desordenadamente a por ella, y los partidos podían durar horas y horas corriendo por las colinas cercanas en busca del balón. El capitalismo agarra eso y lo somete a reglas fijas, a tiempos fijos, lo traslada de las plazas de los pueblos y de la calle a estadios y lo aprovecha como correa de trasmisión de sus valores. El deporte también está muy vinculado a las fábricas de aquel primer capitalismo salvaje. Es una manera de que los trabajadores no se vayan al bar y también es una manera de educarlos en el sentido del tiempo que el capitalismo necesita, en el sentido de la jerarquía que el capitalismo necesita, etc.

Mumford decía que el gran elemento que había desencadenado la revolución industrial no era como se solía creer la máquina de vapor sino el reloj. El reloj es lo que posibilita el capitalismo: la jornada de trabajo, la medición de objetivos cumplidos, etc. Al principio pasaba mucho que los trabajadores trabajaban mientras necesitaban un determinado dinero y una vez lo habían cobrado se iban y no volvían. Y el deporte también sirvió para atornillar al trabajador a la fábrica. Hay otro deporte posible y hay que reivindicarlo, pero el surgimiento mismo del deporte está vinculado al capitalismo. Lo que hay que reivindicar es un ocio distinto, que pueda tener un componente de competición pero que sea una competición más festiva, para la que lo principal sea tejer lazos de fraternidad.

Si lo buscas, lo universal está albergado en cualquier cosa ultralocal y cualquier cosa ultralocal puede servir para ilustrar lo universal.

Yo no estoy en contra radicalmente de la idea de correr por el monte. Siempre hubo carreras populares, cosas como tirar un queso cuesta abajo y que salieran todos detrás de él o aquí en Asturias la subida a la Porra de Enol, en una pequeña montaña que hay encima del lago Enol que tiene una pradera muy cuesta. Es una carrera muy antigua. Yo con eso no tengo ningún problema, eran carreras festivas, sencillas, entrañables, que tejían lazos de fraternidad en la comarca y en el entorno, tal y como lo puede hacer un club de montaña. El problema es que también eso nos lo roban. El capitalismo agarra esas carreras populares y las transforma siguiendo esos criterios suyos de productividad: las internacionaliza, las hace cada vez más disparatadas, las mete por vericuetos y sitios súper recónditos en los que una carrera popular nunca se hubiera metido, revisa a la baja reglamentos de parques naturales para posibilitar carreras que antes no eran posibles y que molestan a la fauna, etc.

“En el tiempo de la construcción de las naciones modernas las vertientes más progresistas del nacionalismo entendían que para amar a la patria primero había que conocerla”. ¿Cuál es la relación entre montañismo y patriotismo?
Unamuno, que era un enamorado de la naturaleza, recomendaba al Estado fomentar los grupos de montaña. Él mismo decía “no, no ha sido en libros, no ha sido en literatos, donde he aprendido a querer a mi Patria: ha sido recorriéndola, ha sido visitando devotamente sus rincones”. Ahora se tiende a buscar el paisaje vacío de civilización, el paisaje inhóspito, dentro de una especie de misantropía que está creciendo: esa idea de que el problema del mundo no es un determinado sistema económico sino la humanidad, de que el ser humano es una plaga y antes se puede imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Aquella gente buscaba goces estéticos, paisajísticos, pero también buscaba a la gente que vivía allá. La Institución Libre de Enseñanza fomentaba sacar a los niños a la naturaleza, pero no se trataba sólo de ver bosques y montañas, sino de conocer a la gente que vivía allí, ver sus oficios, que esa gente enseñase cosas a los niños, todo dentro de una idea de des-elitizar la cultura, también conectada con esa idea de Unamuno de la historia de los “sin historia”.

Casa Museo de Miguel de Unamuno en Salamanca

Los primeros grupos de montaña en todos los países europeos estaban vinculados al patriotismo: había que conocer la patria para amarla, conocer las montañas serviría para protegerse mejor en caso de una invasión. Pero hay versiones progresistas de eso, también. Una cosa particularmente bonita que cuento en el libro es el proyecto de Claudio Lucero en Chile, un montañero que había escalado el Everest y le recomendó a Salvador Allende hacer una cosa que había visto en la URSS: sacar a los niños de los barrios pobres de las ciudades y llevarlos a la montaña.

En el País Vasco se celebra el Concurso de los Cien Montes.
En el País Vasco el PNV fomenta mucho el montañismo. El PNV es un partido muy especial, que aspira a ser una versión en miniatura de la nación y funda grupos de teatro, de danza, de mujeres y también de montañismo, con esa misma idea de conocer la patria para amarla y también para refugiarse en caso de invasión y de tener que defenderla allí. El País Vasco probablemente sea donde mayor afición al montañismo hay en toda España. El Concurso de los Cien Montes coge la pulsión y la seducción del desafío, que es una cosa que existe y a todos nos puede animar en un momento dado, pero la limita y la encauza. Tienes que hacer 100 montes del catálogo de montes de Euskal Herria pero no puedes hacer más de 20 cada año. Una tierra no puedes aprender a amarla de golpe; es un proceso lento. El amor es algo que se construye poco a poco, el amor a una patria también.

El monte Auseva, donde “comenzó la epopeya nacional española” de la Reconquista, ocupa un lugar privilegiado en el imaginario del nacionalismo más reaccionario. ¿Cuál podría ser una montaña de referencia para un proyecto progresista de país?
No se me ocurre un monte concreto pero sí una figura, que es la de “echarse al monte”: esos momentos de la historia en los que la mejor España se echa al monte a defender una determinada idea de libertad. Necesitamos un Augusto Ferrer-Dalmau de izquierdas que pinte nuestras gestas históricas y nos proporcione una memoria histórica más larga y más ancha que la de la Segunda República y la Guerra Civil. Como los laboristas que te hablan de Robin Hood, te hablan de los luditas y se sienten partícipes de un linaje muy antiguo. Una gesta que me gustaría que ese Ferrer-Dalmau de izquierdas pintara es la invasión guerrillera del valle de Arán. Me parece un momento precioso: seis mil tipos lanzándose a por Franco con todo el optimismo de haber ganado la Segunda Guerra Mundial y diciendo “vamos a perder, pero vamos a intentarlo”. Eran los maquis que habían entrado en París y con el chute de optimismo que eso les había dado dijeron: “Ahora vamos a por España”. First we take París y lo siguiente será Madrid. Al final no lo consiguieron pero el momento es precioso.

Citas a Xuan Bello cuando dice que escritores como Dante o Shakespeare “colocaron el lugar del que provenían en el centro del Universo” en lugar de hablar “de una globalidad sin raíces”. ¿La virtud en la montaña es (también) un libro sobre Asturias?
El libro está lleno de ejemplos asturianos de las grandes tendencias de las que hablo. Hubo un momento en el que pensé “¿me estaré pasando?”, cuando es un libro que quiero que se lea fuera de Asturias. Pero, ¿por qué va a ser más legítimo hablar de Yosemite que hablar de Somiedo? Somiedo puede ser tan internacional como Nueva York. Hay una idea de interconexión entre lo ultralocal y lo universal que está en Montaigne, por ejemplo, que a mí me interesa mucho, como me gusta mucho un género histórico que se dio en llamar microhistoria y que consiste contar lo grande a través de lo pequeño. Contarte, como hizo por ejemplo Le Roy Ladurie, la Plena Edad Media francesa a través de la historia de Montaillou, una aldea muy concreta del Pirineo. Si lo buscas, lo universal está albergado en cualquier cosa ultralocal y cualquier cosa ultralocal puede servir para ilustrar lo universal.

Me acordé de aquello que decía Xuan Bello: todos los grandes escritores al final hablaban de lo que conocían, de su sitio, elevarte todo lo que puedas para ver el mundo entero pero verlo desde él y contarlo desde él. Cuando cuentas algo desde lo que conoces lo cuentas mejor. Con respecto a la potencia del fútbol como vector de construcción nacional, Hobsbawm decía que la gran comunidad imaginada de millones de personas es más accesible si se reduce a 11 tipos de los que te conoces los nombres. Algo así. Lo grande es más accesible si se reduce a lo pequeño.

Si después de leer tu libro a alguien le apetece poner en práctica “un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista”, ¿qué montaña asturiana le recomendarías?
Te cuento una anécdota muy triste que me pasó en la presentación del libro aquí en Gijón. Me vino una chavalina joven de 17 años con su madre y me dijo que a ella le gustaba muchísimo la montaña pero que no podía ir porque a todos sus amigos lo que les gustaba era correr. Cuanto más joven la persona, más probable es que solo conozca la vertiente competitiva, que solo corra, que solo haga deporte. El montañismo contemplativo es mucho menos frecuente cuanto más joven es la persona. Hay gente que tiene esa pulsión, que tiene ese interés, pero que no tiene a nadie alrededor para hacerlo.

Siempre recomiendo el Jultayu, que está en el macizo occidental de los Picos de Europa, justo encima de la garganta del Cares, que cae 2.000 metros para abajo desde la cima. Es sobrecogedor verlo desde arriba, y también tienes enfrente unas vistas absolutamente impresionantes del macizo central. Pero es una montaña fácil de subir; una ruta relativamente larga pero asequible: no hay que trepar, no hay que escalar, simplemente caminar p’arriba. En relación entre lo que cuesta y lo que ofrece probablemente sea la montaña más guay de toda Asturias. Además la ruta es muy bonita: sales de los Lagos de Covadonga, pasas por zonas de bosque, por zonas de pradería donde suele haber rebaños, ves a los ganaderos y a los pastores y pasas por el refugio de Vega de Ario, un sitio acojonante donde los guardas del refugio hacen un pan casero muy rico y te puedes tomar una cerveza mientras ves el paisaje. Es una ruta que aparte de la propia cima, te ofrece todo un conjunto de posibilidades en el camino.

Para mí es una montaña muy especial porque la hice por primera vez de pequeño con mi padre y después, a lo largo de la vida, he vuelto muchas veces. Hay una cosa que yo reivindico que es el repetir montañas. Ahora se tiende a querer ir a todas las montañas del mundo y no repetir, porque eso te priva de conocer montañas nuevas. Yo reivindico en el libro la monogamia montañera. He conocido gente —y yo soy cada vez más así— que se centra en una zona y se propone llegar a conocerla como la palma de su mano. Y reivindico el montañismo colectivo, fraterno, de ir con grupos, pero también hay un montañismo individual muy digno, muy bonito y necesario que se puede practicar incluso en las excursiones en grupo, porque hay veces que te descuelgas o vas por delante del grupo y en ese ir solo vas reflexionando sobre ti mismo y sobre tu propia vida. Tampoco estoy en contra del montañismo individualista. Es que también nos roban el individualismo. El individualismo ahora está pensando en la foto que se va a hacer en la cima y en los likes que va a obtener en Instagram. Es un individualismo no para salir de los otros o recluirte en ti mismo sino para que te miren, para que te admiren. En el cuadro de “El caminante sobre el mar de nubes” de Friedrich, el personaje, en vez de estar mirando el paisaje estaría mirando a cámara. Pues bueno, cuando repites montañas, también hay un proceso ahí de acordarte de las veces anteriores que estuviste y de reflexionar sobre tu propia vida, sobre tu propio cambio, que es muy interesante.

Escribías hace poco en un artículo sobre nacionalismo español que “todo credo, ya religioso, ya político, precisa para propagarse lo mismo del esfuerzo de sesudos escolásticos que del de habilidosos misioneros y catequistas capaces de condensar el trabajo abstruso de aquéllos en imágenes simples y parábolas comprensibles”. ¿La izquierda necesita mejores escolásticos o mejores catequistas?
Cualquier religión —y toda ideología política tiene en el fondo mucho de religión— necesita para propagarse éxito en tres niveles: el ideológico, el catequético y el misional. El Santo Tomás de Aquino que te hace diez páginas súper abstrusas sobre la Santísima Trinidad y el San Patricio que se la explicaba a los paganos irlandeses con un trébol de tres hojas. Lo que digo en ese artículo es que el nacionalismo español ahora mismo está teniendo un éxito enorme en esos tres niveles. En el nivel de pensadores o teólogos: Roca Barea o Gustavo Bueno, gente muy falaz, que dice mentiras, pero que las dice de una manera escolástica muy convincente. Pero también tiene todo lo contrario, todos esos gritos que por cierto provienen del fútbol: “yo soy español”, “a por ellos”, “soy español, ¿a qué quieres que te gane?”, el himno de Marta Sánchez… Y luego hay un término medio que es el del arte. Ellos tienen a Pérez-Reverte y a Augusto Ferrer-Dalmau, que está haciendo unos cuadros preciosos sobre las grandes gestas de esa historia idealizada de España. El nacionalismo está teniendo éxito en esos tres niveles. E incluso sabe hacer otra cosa muy clave, que es hacer partícipe a la gente de esa ideología mediante un ritual sencillo que todo el mundo pueda desempeñar, una especie de comunión, que en este caso es el colgar la bandera en el balcón.

A la izquierda lo que le falla es el nivel “bajo”. Tenemos una sobreproducción de ideas, eso lo dice Esteban Hernández: no necesitamos más ideas, ya tenemos todas las del mundo, necesitamos llevarlas a la práctica y traducirlas de manera popular. Esto tiene que ver también con los intentos de Podemos de encontrar un himno que nunca consiguieron. Te ponían “A galopar”, te ponían “El Pueblo unido”, te ponían “L’estaca”… No llegó a haber una canción que nos hermanara. Tampoco hay esa capacidad para el eslogan, para la frase sencilla. Donde sí está cuajando esta necesaria fertilidad en tres niveles, y por eso creo que tenemos que ponernos todos detrás, es en el feminismo. El feminismo tiene grandes teóricas, está produciendo un arte muy interesante en forma de series de televisión, de películas, etcétera, y también tiene consignas y lemas muy buenos: “hermana, yo sí te creo”, “no es no”, etc. Están siendo muy eficaces en eso. En parte también el ecologismo, todavía no tanto como el feminismo pero cada vez más. No en vano está consiguiendo hermanar en sus manifestaciones a todas las generaciones. Tú vas a una manifestación del Primero de Mayo y son todo vieyos levantando el puño con desidia como quien agarra un autobús. Sin embargo, a mí me flipan mucho las manifestaciones del 8M porque ves a chavalinas de 14 años que, al menos aquí en Gijón, no las ves en ningún sitio más salvo en la manifestaciones ecologistas y en la manifestación contra la feria taurina de Begoña. Esas son las cosas que movilizan. Eso a la izquierda le falta, tenemos una sobreproducción de ideas, ideas muy muy buenas, acojonantes; lo difícil es bajar al barro y apretar todo eso grande en algo pequeño y eficaz.

FUENTE: El Salto

VIVIMOS BAJO UNA TIRANÍA DE GOCE QUE, PARADÓJICAMENTE, NOS IMPIDE DISFRUTAR LA VIDA

LA PSICOANALISTA DE ORIENTACIÓN LACANIANA GEORGINA VORANO PROPONE EL TÉRMINO “PORNOILUSIÓN” PARA SEÑALAR EL IMPERATIVO DE GOCE QUE FOMENTA LA CULTURA CONTEMPORÁNEA, POR EL CUAL NOS SENTIMOS OBLIGADOS A DISFRUTAR TODO SIEMPRE

Desde la perspectiva de ciertos pensadores humanistas (por calificarlos de cierto modo), una de las características fundamentales de la cultura de nuestra época es la entrega a cierta forma de goce inconsciente que se fomenta sistémicamente, pues sirve a otros mecanismos sociales como la producción y el consumo de bienes y servicios, por ejemplo.

Esta palabra, goce, podría parecer desde cierta perspectiva ambigua, pues en el lenguaje común puede emplearse de diversas maneras, algunas de ellas incluso un tanto ingenuas (como sinónimo de placer, por ejemplo, o de disfrute), pero al menos en el caso de la psicología y el psicoanálisis, la noción de goce tiene implicaciones profundas y, de hecho, específicamente en el marco de los desarrollos teóricos elaborados por Jacques Lacan, el goce es uno de los opuestos directos del placer.

¿En qué sentido? En el hecho de que mientras que el “principio del placer” (conceptualizado por Sigmund Freud) se entiende como aquello en el ser humano que lo impulsa a buscar, a preguntarse, a trabajar en pos de su deseo y, en suma, a manifestar plenamente la energía de vida, el goce en cambio es aquella satisfacción que en apariencia nos brinda un cierto grado de disfrute pero que en el fondo es estéril, es decir, se agota en sí misma sin dar lugar a nada más.

La adicción al alcohol o a otras sustancias, por ejemplo, las tardes dedicadas a “maratones” de series o de películas, la “conquista” consuetudinaria de mujeres (u hombres) con el solo propósito de tener encuentros sexuales transitorios, la compra compulsiva de mercancías… en fin, la lista puede ser extensa, porque mucho de lo que el sistema nos ofrece “hacer” es en el fondo una forma de goce que, como decíamos, sirve a su vez a propósitos específicos del sistema social en que vivimos. Al respecto, podemos citar este comentario que hizo Erich Fromm en ¿Tener o ser?:

Aquí sólo señalaré que, en lo que al ocio se refiere, los automóviles, la televisión, los viajes y el sexo son los principales objetos del consumismo actual, y aunque los denominamos actividades de los momentos de ocio, sería mejor llamarlos pasividades de los momentos de ocio. 

Aun en su brevedad, el matiz que Fromm desliza al final de su comentario es muy interesante, pues deja ver el carácter esencialmente pasivo del goce: aunque a primera vista parezca que al ver una serie, al salir de compras, al beber en exceso, etc., estamos haciendo algo, en realidad lo que sucede es que de algún modo estamos siendo usados, de ahí la pasividad que señala Fromm y que se refleja incluso en esta forma de conjugación del verbo, la voz pasiva. Podría decirse que siempre que usamos el disfrute como evasión de nuestra propia conciencia, estamos siendo usados de alguna manera por alguien más.

En ese sentido, la industria de la pornografía es desde hace tiempo una de las que mejor representan la producción de goce que caracteriza a nuestra época. Además del hecho de que en la pornografía el sexo –en el sentido amplio del término– se convierte en mercancía, cabe destacar además que parte de su concepto gira en torno a una especie de  “imperativo de satisfacción” en donde el posible placer de un encuentro sexual se relega en favor de la compulsión a gozar. Bajo esta tiranía insaciable, la pornografía ha inventado formas cada vez más inimaginables de prolongar el goce (como si, además, tampoco estuviera permitido detenerlo).

Georgina Vorano, psicoanalista de orientación lacaniana, ha bautizado este fenómeno como “pornoilusión”, un concepto que ella define como

un neologismo que define la creencia de que las relaciones sexuales perfectas existen y que se muestran en las pantallas. No necesariamente en películas pornográficas, sino en filmes comerciales o incluso en el cine de autor. En consecuencia, uno puede sentir que no está a la altura de esos modelos.

Si bien la pornoilusión podría ceñirse a términos eróticos, Vorano expresa que también impacta en las creencias que se generan culturalmente en torno al éxito personal, el estilo de vida socialmente permitido e incluso el aspecto físico esperado en una persona.

Fatiga y vacío, los efectos de la pornoilusión

Ante la búsqueda del placer extremo y perfecto las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, algunas consecuencias previsibles son la frustración, el cansancio y el aburrimiento, tanto en un sentido físico como emocional. Una mezcla de fatiga y vacío de vivir teniendo la obligación de disfrutar más y mejor, dado que todo tiene que apasionarnos con locura, y la locura implica una cantidad desbordante de energía que no parece fácil tener en la forma de vida contemporánea.

Frente a ello, Vorano propone “recuperar momentos de silencio, de pausa, de vacío”, es decir, todo lo que la dictadura del placer trata de evitar. Porque así, sólo así, se pueden encontrar “nuestras diferencias, lo más personal de cada uno”, ya que “la dictadura del placer nos produce en serie, homogéneos, impidiendo encontrar lo más personal de cada uno, el estilo.”

Conoce más sobre la propuesta de Vorano para lidiar con los efectos de la pornoilusión con el siguiente video: 

PIJAMASURF

31 de enero: presentación en la FAL del libro ‘Geografía de Abel Paz’

El viernes 31 de enero presentaremos en la sede de nuestra fundación el libro Geografía de Abel Paz. Con motivo del acto, contaremos con la presencia de Fernando Casal y María Antonia Ferrer, historiadores y autores del libro.

Tal y como refieren los propios autores, el libro «es un intento de reconstruir una biografía que Diego Camacho / Abel Paz dejó sin acabar«, y añaden: «Sus cuatro libros de memorias —desde Chumberas y alacranes, hasta Al pie del muro— se detienen en el año 1954. No publicó más. Nos extrañaba que una persona que había narrado con tanto detalle su vida hasta esa fecha no hubiese continuado escribiendo sobre ella. Ese fue el objetivo de nuestra investigación«.

En este enlace encontraréis información detallada sobre el libro, ya disponible en nuestra sede, así como en nuestra tienda online.

Como apuntábamos, la presentación de Geografía de Abel Paz se realizará en la sede de la Fundación Anselmo Lorenzo, en la calle Peñuelas 41, Metro Acacias y Embajadores. Os esperamos a partir de las 19:30 horas.

FAL

Cinefórum: proyección en la FAL de ‘Los edukadores’, el jueves 30 de enero

Cinefórum: proyección en la FAL de ‘Los edukadores’, el jueves 30 de enero

El próximo jueves 30 de enero se proyectará en la Fundación Anselmo Lorenzo la película Los edukadores. Dirigida por el austriaco Hans Weingartner, narra la historia de dos amigos que se dedican a entrar en casas de burgueses para desestabilizar su ordenada vida.

Además de Hans Weingartner, cuenta con la participación como protagonistas de Daniel BrühlJulia Jentsch y Stipe Erceg, y durante su estreno obtuvo un gran reconocimiento a nivel internacional. Tras el pase, se realizará un coloquio, a modo de debate, sobre el film.

Sinopsis:  «Por las noches entran en las casas de los burgueses y, en vez de robar, perturban su ordenada vida y desestabilizan su confort material mediante actos no violentos. La cosa se complica cuando Jule, enamorada de los dos chicos, les implica accidentalmente en un secuestro…».

Por último, informaros de que este será la primera de una serie de proyecciones que realizaremos los últimos jueves de cada mes, como parte de un ciclo de cinefórum. Os esperamos.

¿Cuándo? Jueves 30 de enero

¿Dónde? Sede de la Fundación Anselmo Lorenzo. Calle Peñuelas 41 (Metro Acacias y Embajadores)

¿Horario? 19:00 horas

FAL

Ateneo Libertario Sánchez Saornil: Comedor Popular

Comedor Popular en el Ateneo Libertario Lucía Sánchez Saornil, este domingo 26 de enero a partir de las 14 horas.

Comenzamos este 2020 con un menú de lo más invernal:

1º Ensalada invernal
2º Pote gallego vegano
Postre: Natillas

100% vegano
Bono ayuda: 6€

Ateneo Libertario Lucía Sánchez Saornil
c/ Luis Fernández Urosa 7
La Cabrera – Madrid

¡TE ESPERAMOS!

Ateneo Libertario Sánchez Saornil