DUDAS CORONAVIRUS – Me han multado por estar en la calle ¿Cómo se recurre la sanción?

En este artículo comentábamos qué sanciones pueden imponer por incumplir las obligaciones establecidas en el Estado de Alarma. Pero si has llegado hasta aquí es porque estando en la calle has sido “sancionado” por un agente de la autoridad al considerar que tu estancia en la vía pública no estaba justificada.

Aclarando conceptos

 Antes de nada debes saber que “aun” no estas sancionado. El agente de la autoridad que te paró levantó lo que se llama un acta o boletín de denuncia, que mandará a Delegación de Gobierno. Y será Delegación de Gobierno la que te envíe un carta a tu domicilio, llamado Acuerdo de Iniciación, en la que se te informará que a raíz de dicha denuncia se te abre un expediente sancionador, explicándote que puedes hacer dos cosas:

a) Pagar, con una reducción del 50%.

b) Alegar, pero pierdes el derecho a la reducción por pronto pago.

Por tanto, hasta que no te llegue esa carta a tu domicilio no tienes que hacer nada más que esperar y confiar en tener la suerte de que dicha carta nunca llegue…

Alegar o no alegar, esa es la cuestión

Esta es la primera gran decisión que debes tomar: Si te merece la pena alegar o no. Desde que se aprobó la conocida como Ley Mordaza (Ley de Seguridad Ciudadana) se introdujo como novedad en estas sanciones el pronto pago: si pagas ya, solo pagas el 50%. Si alegas y discutes la sanción, pero luego pierdes, deberás pagar el 100%.

Las sanciones que se están aplicando suelen ser por desobediencia, y ascienden entre los 601 y los 10.400 euros (si es tu primera sanción). Lo lógico es que la sanción ronde el mínimo, esto es, los 601.-€. Por tanto la duda es si pagar (al 50% serían 300,50.-€) o alegar.

Para ello nuestro consejo es que valores si el motivo de que estuvieras en la calle esta justificado o no, y lo que es más importante, si puedes justificarlo. Para ello vamos a acudir al propio Real Decreto 463/2020 que declaró el Estado de Alarma que establece sobre la limitación de movimientos:

Artículo 7. Limitación de la libertad de circulación de las personas.

1. Durante la vigencia del estado de alarma las personas únicamente podrán circular por las vías o espacios de uso público para la realización de las siguientes actividades, que deberán realizarse individualmente, salvo que se acompañe a personas con discapacidad, menores, mayores, o por otra causa justificada:

a) Adquisición de alimentos, productos farmacéuticos y de primera necesidad.
b) Asistencia a centros, servicios y establecimientos sanitarios.
c) Desplazamiento al lugar de trabajo para efectuar su prestación laboral, profesional o empresarial.
d) Retorno al lugar de residencia habitual.
e) Asistencia y cuidado a mayores, menores, dependientes, personas con discapacidad o personas especialmente vulnerables.
f) Desplazamiento a entidades financieras y de seguros.
g) Por causa de fuerza mayor o situación de necesidad.
h) Cualquier otra actividad de análoga naturaleza.

2. Igualmente, se permitirá la circulación de vehículos particulares por las vías de uso público para la realización de las actividades referidas en el apartado anterior o para el repostaje en gasolineras o estaciones de servicio.

Nuestra opinión es que si te encontrabas en la vía pública por alguno de estos motivos y puedes probarlo mínimamente, tienes posibilidades de conseguir anular la sanción, ya que tu estancia en la vía pública estaría justificada

¿Cómo puedo probarlo? La pruebas admitidas y posibles son varias: desde el tique de compra del super del que venías, el contrato del trabajo al que ibas o del que venías, el convenio regulador con tu expareja que demuestre que a vuestro hijo/a le tocaba cambiar de domicilio ese día, testigos, citas médicas, etc…

El procedimiento

Si finalmente decides alegar debes saber que para ello no es necesario hacerlo con abogado/a, pero en la mayoría de los caso es recomendable.

El procedimiento administrativo muy resumido sería el siguiente:

a) Acuerdo de Iniciación que te llega a casa.
b) Tienes 15 días para alegar, exponer tus razones y aportar o proponer prueba.
c) Si has propuesto prueba, te deben contestar sobre ella.
d) Lo siguiente que te llegará es la Propuesta de Resolución en la que a la luz de la prueba o bien archivan el expediente (te libraste!) o bien proponen ya una sanción.
e) Vuelves a tener 15 días para alegar.
f) Lo siguiente que te llegará es la Resolución en la que ya formalmente estas sancionado.
g) Tienes un mes para interponer Recurso de Alzada ante el superior jerárquico

Si este recurso de alzada es desestimado (no te dan la razón) lo único que te queda es llevar esto ante un Juez Contencioso-administrativo, quien decidirá si has sido bien sancionado o no. Es aquí donde si la razón te asiste, más posibilidades tengas de ganarlo, pero claro, estamos hablando ya de un procedimiento judicial.

Podemos ayudarte

En Red Jurídica tenemos una amplia experiencia en recurrir sanciones de la llamada Ley Mordaza, por lo que si lo deseas podemos defender tus intereses, hacer una valoración inicial de las posibilidades de éxito y encargarnos de realizar todas las alegaciones y recursos.

Si estas interesado/a, no dudes en ponerte en contacto con nosotras en el formulario de contacto.

Yo me lo guiso yo me lo como

Por otro lado queremos compartir un manual para poder hacerte las alegaciones tú mismo/a que realizó el colectivo de la Comisión Legal Sol del 15M.

Este manual esta pensado como una herramienta de autodefensa para poder construirte tus alegaciones frente a sanciones basadas en la conocida como Ley Mordaza. Puedes encontrarlo aquí.

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Ten en cuenta que las respuestas son comunes y no podemos tener en cuenta todas las circunstancias personales concretas. Por tanto, para poder asesorarte teniendo en cuenta tu situación concreta, y poder contratar con nosotras una consulta telefónica o por videollamada, no dudes en ponerte directamente en contacto con nosotras aquí.

RED JURÍDICA

La crisis del coronavirus y la amenaza del ecofascismo


Desde que se detectó en China hace meses el CoVid-19 (coronavirus) sabemos que éste es muy contagioso, que no alberga demasiado riesgo para la mayoría de la gente (el 80% de las contagiadas cursan síntomas leves) pero cuenta con una tasa de mortalidad considerable para gente vulnerable (personas de más de 60 años y/o con patologías previas). Asimismo, un porcentaje suficientemente alto de gente contagiada necesita cuidados intensivos como para saturar el sistema de salud estatal si se extiende de manera amplia.

Hay que frenar la curva. Fuente: The Lancet

Por eso, con la intención de ralentizar la tasa de contagios para evitar la ruptura del sistema (“frenar la curva” se llama), el Gobierno nos confinó a todas en nuestras casas, por Decreto, el pasado 14 de marzo y el ejército y la policía ocuparon las calles de las principales ciudades. Eso sí, manteniendo abiertos todos los puestos de trabajo (no vaya a ser que colapse la economía) que no fueran de cara al público y, por consiguiente, seguimos cruzándonos con muchas personas por la calle, en el metro y en el autobús, lo cual ha permitido una mayor propagación del virus de lo esperable.

La UME en Madrid. Fotografía de Álvaro Minguito (El Salto)

Lo que la crisis del coronavirus nos muestra sobre la salud de nuestro planeta

Tras unos días de encierro y reclusión, los medios han empezado a dar cuenta de algunas imágenes insólitas que se están dando en los epicentros turísticos del mundo: en los canales de Venecia discurre agua cristalina, se vislumbran algas bajo las góndolas y navegan peces y patos entre ellas; en la ciudad japonesa de Nara, los ciervos campan a sus anchas; en Oakland, hacen lo propio pavos reales; y se han avistado jabalíes por las calles de Barcelona.

Un estudio de la Universitat Politècnica de València indica que los niveles de dióxido de nitrógeno, indicadores para medir la contaminación, han descendido dramáticamente en las principales ciudades del Estado en los diez días que siguieron a la declaración del estado de alarma: un 83% en Barcelona, un 73% en Madrid y un 64% en València.

Otro estudio, desarrollado por la Società Italiana di Medicina Ambientale indica que la reducción de las emisiones no sólo es positiva en general para el medioambiente, sino incluso para evitar la propagación del virus, pues vincula la propia contaminación (concretamente, el polvo fino en el aire) como vector de propagación del contagio.

La transición a un modelo más sostenible

Estos datos evidencian que bajando el ritmo de producción a niveles más manejables, disminuyendo el consumo de lo innecesario, limitando el turismo destructivo, realizando únicamente los viajes que sean imprescindibles y acabando con la dañina competencia que rige nuestro sistema económico, las emisiones se reducen y nuestro planeta se convierte en un lugar mucho más habitable.

Situaciones como ésta parecen indicar que la transición hacia un modelo productivo con menor uso de recursos (fósiles y de cualquier tipo) es inevitable. La cuestión es cómo se llevará a cabo. Porque ganar la disyuntiva entre una transición liberadora (ecosocialismo) o una que aumente los grados de opresión y diferencias sociales (ecofascismo) parece que será el próximo gran reto de los movimientos sociales.

En la adaptación de la novela a serie de El Cuento de la Criada, la dictadura religioso-fascista de Gilead tiene, en parte, una justificación ecologista. Los comandantes presumen de haber reducido sus emisiones en un 78% en tres años y de tener un modelo de producción orgánica

No es la primera vez que hablamos de este tema. Hace cuatro años Carlos Taibo publicó Colapso: Capitalismo terminal, transición ecosocial, ecofascismo(Catarata, 2016), libro en el que teoriza acerca de la posibilidad de un colapso (entendido como un golpe fuerte que provoca la quiebra de las instituciones preexistentes, como lo podría ser una catástrofe climática) y las dos respuestas que se podrían dar: una transición socialmente justa y comunitaria por un lado, o el ecofascismo por otro, siendo esto último la imposición de restricciones severas por parte de un Estado fuerte y autoritario al que no le tiembla la mano a la hora de usar la violencia para mantener el equilibrio ambiental a cambio de perpetuar las diferencias sociales.

Esta segunda posibilidad, además, cuenta con importantes precedentes. En el mes de febrero reseñamos en este periódico el recomendable ensayo Ecofascismo: Lecciones de la experiencia alemana (Virus, 2019), en el que se recorre los estrechos vínculos entre el Tercer Reich y el mensaje ecologista.

La transición a un modelo más justo

Evidentemente, apostamos por una transición para salir de la emergencia climática que, a su vez, sea socialmente justa. Y no puede haber transición justa sin una transformación en el mundo del trabajo que asegure una reconversión que otorgue protagonismo a las clases trabajadoras, además de que tenga en cuenta los postulados antirracistas y feministas.

El mes pasado reseñamos en este medio el informe de Ecologistas en Acción titulado Sin Planeta No Hay Trabajo: Reflexiones sobre la emergencia climática y sus implicaciones laborales en el marco de una transición justa. Precisamente aborda todas las cuestiones de justicia social que hemos abordado, lo que hace que su importancia sea incluso mayor hoy que entonces.

Otras propuestas de justicia social las encontramos en campañas que han surgido en los últimos días para hacer frente a la crisis del CoVid-19. Una (impulsada por Sindicatos de Inquilinas, PAHs y asambleas populares y políticas) es la que busca la aprobación de un Plan de Choque Social, que defiende la sanidad universal frente a la exclusión sanitaria de personas extranjeras, destinar más ayudas económicas a trabajadoras, intervenir empresas privadas de gestión de servicios esenciales, prohibir los despidos, dotarnos de una renta básica universal, liberar a las personas presas vulnerables, suspender el pago de alquileres, hipotecas y suministros básicos, cerrar los CIEs y suspender la Ley de Extranjería, entre otras.

Otra campaña, conocida en redes como #SuspensiónAlquileres, defiende la suspensión del pago de las rentas del alquiler durante todo el estado de alarma y coquetea con la posibilidad de convocar una huelga de inquilinas si el Ejecutivo no adopta sus medidas (acto que cuenta con un importante precedente que se llevó a cabo en 1930).

El coronavirus no es una oportunidad

Como hemos dicho, la transición climática debe venir acompañada de una transformación del mundo del trabajo para ser justa. Por ello, la crisis del coronavirus que estamos viviendo quizás no sea el mejor ejemplo de decrecimiento y reducción de emisiones que se puede predicar. En unos meses, si no semanas, vamos a empezar a perder nuestros empleos y, con ellos, nuestras viviendas. Todo parece indicar que habrá miles de despidos (en parte, por la ausencia de medidas proteccionistas de clase trabajadora desarrolladas por el gobierno durante el estado de alarma) y pagar los alquileres se va a convertir en una tarea imposible. El resto, ya lo conocemos: recortes (de nuevo, en sanidad y educación), desahucios, etc.

Es un error estratégico, a la hora de intentar ganar la batalla cultural de que tenemos que vivir con menos, asociar la reducción de emisiones a corto plazo a una crisis económica, como también lo es asociar el decrecimiento a una crisis sanitaria grave que tanto dolor está provocando.

Por otro lado, tampoco conviene asociar la transición climática a la crisis del coronavirus por otra razón: después de que el 14 de marzo se decretara el estado de alarma, hemos vivido un repunte de autoritarismo que nos acerca más al ecofascismo que al ecosocialismo. Esto no puede ser el ejemplo de gestión de catástrofes que debemos defender. En menos de dos semanas nos han confinado en nuestras viviendas, el ejército patrulla las calles, los militares dan ruedas de prensa enalteciendo los valores castrenses y llamándonos “soldados”, el lenguaje bélico en la lucha contra el virus se ha normalizado, los drones circulan los aires, el gobierno ha ordenado geolocalizar nuestros móviles para estudiar nuestros comportamientos y se ha dotado de la capacidad para intervenir empresas de telecomunicaciones (estado de excepción digital), se han recortado los derechos de las personas presas, se han cerrado las fronteras, la policía ha detenido a 929 personas e impuesto más de 100.000 multas en una semana, hemos vivido situaciones en las que nuestras vecinas se asoman a la ventana para chivarse de quien se encuentra en la calle, insultan al infractor, aplauden a la policía y justifican la violencia policial (¿os acordáis de los buenos tiempos, en los que simplemente se negaba y no se celebraba?).

Por citar algunos ejemplos: en un artículo titulado «Justicieros de balcón en tiempos de cuarentena: ‘Me han insultado y deseado la muerte por salir con mi hijo con autismo’», la periodista Marta Borraz recoge distintos casos de gente que ha ido por la calle a trabajar, a cuidar de un familiar, o acompañando a un hijo con autismo que han sido increpadas, insultadas o denunciadas ante la policía.

Y ello por no hablar de las actitudes racistas que se están normalizando: Trump y Ortega Smith (Vox) se refieren al CoVid-19 como “virus chino”, y éste último asegura que sus “anticuerpos españoles” le salvarán; tanto SOS Racismo como Es Racismo denuncian un incremento de redadas racistas en Madrid, Bilbao y Barcelona; y Vox propone eliminar la sanidad a los extranjeros en situación irregular en estado de alarma (lo cual no es solo un atentado contra los derechos humanos, sino un peligro de salud pública).

Se está creando un caldo de cultivo de odio, militarismo y prefascismo que debemos combatir con pedagogía, un discurso antiautoritario y asambleario, oponiéndonos a la vigilancia digital permanente, recuperando movimientos populares horizontales como el 15-M y con propuestas de justicia social como las que hemos mencionado sobre estas líneas. Debemos huir del ejemplo del estado de alarma como modo de gestión y proponer la defensa de lo comunitario si pretendemos que la transición ecológica sea justa. Nos va, muy literalmente, la vida en ello.

FUENTE: TODO POR HACER

Ayuda mutua: ética anarquista en tiempos de coronavirus

ENRIQUE JAVIER DÍEZ GUTIÉRREZ / PÚBLICO

Personas con mascarilla en un vagón del metro de Madrid. REUTERS/Susana Vera

“Solo juntos lo conseguiremos”. “Este virus lo paramos unidos”. “Es el momento de ayudarnos unos a otros”… Todos y todas hemos oído este tipo de mensajes, que se han repetido, desde el inicio de la crisis del coronavirus.

¿Aprenderemos la lección una vez que pase la crisis?

En la escuela, “educar para cooperar” es un principio básico, que se ha venido planteando y proponiendo desde infantil hasta la Universidad (hasta que llegó la LOMCE, con su “competencia estrella” del emprendimiento neoliberal).

Pero ¿y el resto de la sociedad? ¿Educa para cooperar? Puesto que “para educar se necesita a toda la tribu”, como ahora todo el mundo recuerda.

Lo cierto es que el mensaje que han recibido constantemente nuestros niños, niñas y jóvenes, ha sido, hasta ahora, el de la competencia individualista del modelo neoliberal. Un mantra ideológico, eje esencial del capitalismo. Un mantra constante y persistente que se repite en los medios de comunicación, se ensalza en el deporte, se induce en el trabajo, se insiste en la economía…

Sorprende este dogma tan extendido y difundido por la agenda mediática, política y económica, cuando los seres humanos preferimos cooperar a competir en nuestra vida diaria, especialmente cuando buscamos el bien común. Esto es lo que ha demostrado el estudio antropológico de la universidad de Oxford que ha encabezado titulares en todo el mundo por la universalidad de sus hallazgos[1].

Sorprende cuando incluso desde la biología, la prestigiosa académica Lynn Margullis, una de las principales figuras en el campo de la evolución biológica, muestra que todos los organismos mayores que las bacterias son, de manera intrínseca, comunidades. Cómo la tendencia es hacia el mutualismo y cómo “la vida no conquistó el planeta mediante combates, sino gracias a la cooperación”[2]. Cómo nuestra evolución no ha sido una competición continuada y sanguinaria entre individuos y especies. Sino que la vida conquistó el planeta no mediante combates, sino gracias a la cooperación. De hecho, los nuevos datos están descubriendo una naturaleza que cuestiona radicalmente la vieja biología: “de cooperación frente a competencia, de comunidades frente a individuos”, como concluye Sandin[3]. La tendencia fundamental en la dinámica de la vida, de toda clase de vida, por lo tanto, es la simbiosis mutualista, la cooperación universal[4].

Estas investigaciones confirman lo que ha planteado uno de los grandes pensadores de la economía colaborativa: Kropotkin. Frente al darwinismo social, el anarquista ruso Kropotkin, demostraba que el apoyo mutuo, la cooperación, los mecanismos de solidaridad, el cuidado del otro y el compartir recursos son el fundamento de la evolución como especie del ser humano.

Esta realidad, que se nos vuelve obvia en momentos de crisis como ésta, contrasta con los principios y propuestas que rigen el núcleo y finalidad esencial del capitalismo neoliberal: el individualismo competitivo.

Apoyar al grupo, apoyarnos en la comunidad, contrasta con ese dogma de “libertad individual” al margen del bien común. La solidaridad, el no dejar a nadie atrás, choca con la competitividad que predica el neoliberalismo económico. El relato del “hombre” hecho a sí mismo, competitivo e individualista, que no le debe nada a nadie y que busca conseguir su “idea de éxito” para enriquecerse y olvidarse de las dificultades, suyas y de los demás. Mito difundido por el populismo empresarial norteamericano y que la ideología neoliberal y neoconservadora ha traducido en la escuela a través del mantra del emprendedor. Ideología que mantiene como dogma de fe esencial que la competencia por la riqueza y el poder es el único motor que mueve al ser humano.

Estamos comprendiendo, porque lo estamos comprobando y constatando con esta crisis, que esta ideología neoliberal, que reivindica regularnos mediante “la mano invisible del mercado” es una postverdad[5], una fábula, una invención que no tiene fundamento real. Que cuando vienen mal dadas, cuando nos jugamos lo vital y esencial de las sociedades, necesitamos el amparo del grupo, de la comunidad, de la solidaridad colectiva para superar las crisis.

Es entonces cuando nos lamentamos, tardíamente, de los recortes de miles de millones que se han hecho en la sanidad pública o en la educación pública. Nos arrepentimos de no haber invertido en suficientes residencias públicas de mayores (las privadas tienen como finalidad obtener beneficios). Nos damos cuenta del error que es no tener ya una banca pública que sostenga la economía y la inversión pública para generar nuevos empleos que sustituyan a los que los “temerosos mercados” van a destruir.

La ideología neoliberal siempre ha sido muy clara: aplicarse a sí mismos el capitalismo de “libre mercado” (subvencionado siempre) cuando obtienen beneficios, para repartírselos entre los accionistas. Pero reclamar el socialismo y la intervención del Estado para que se les rescate cuando tienen pérdidas (hemos rescatado a la banca con más de 60.000 millones de euros, a Florentino Pérez con el Castor, a las autopistas…). Es lo que hacen también ahora, con esta crisis. Aunque a algunos les sigue sorprendiendo todavía que estos “creyentes” exijan más medidas de rescate y de intervención del Estado, renegando de su fanático credo en el “libre mercado” y su “mano invisible”.

A ver si aprendemos por fin. Y superamos el dogma neoliberal y el sistema económico capitalista y avanzamos hacia un sistema económico e ideológico basado en el bien común, la cooperación, la justicia social, la equidad y la solidaridad.

Esperemos que la salida de esta crisis sea “una oportunidad” para ello. Que el “solo juntos lo conseguiremos” no se olvide tras ella. Y que, después del coronavirus, haya un auténtico Pacto de Estado, consensuado por todos, que blinde y destine cantidades escandalosas de nuestros presupuestos a la Sanidad Pública, a la Educación Pública, a los Servicios Sociales Públicos, a las Pensiones Públicas… Que aprendamos de una vez por todas que el capitalismo y la ideología neoliberal que lo sostiene es tóxico para la especie y el planeta. Y que, sin ayuda mutua, sin cooperación, sin solidaridad y justicia social estamos abocados a la extinción como especie y como planeta.

NOTAS

[1] Scott Curry, O., Mullins, D. A., & Whitehouse, H. (2019). Is it good to cooperate? Current Anthropology60(1), 47-69.
[2] Margulis, L. et al. (2002). Una revolución en la evolución. Valencia: Universitat de Valéncia.
[3] Sandin, M. (2010). Pensando la evolución, pensando la vida. La biología más allá del darwinismo. Cauac: Nativa.
[4] Puche, P. (2019). Hacia una nueva antropología, en un contexto de simbiosis generalizado en el mundo de la vida. Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, 147, 15-34.
[5] Vivero Pol, J.L. (2019). La España vacía está llena de bienes comunes. Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, 147, 85-97.

Coronavirus y lucha de clases

Las grandes contradicciones sociales del capitalismo terminal están saliendo a flote con la crisis del coronavirus. Por ejemplo: podemos subrayar la actualidad absoluta del concepto de lucha de clases. Una lucha, entendida como conflicto, enfrentamiento y presiones y tensiones recurrentes, que se expresa directa y crudamente en los centros de trabajo a la hora de hacer cumplir las medidas de prevención básicas en los estratos más precarios, más desorganizados o, incluso, más estratégicos en estas circunstancias, de la fuerza de trabajo.

Durante esta pasada semana hemos visto cómo, en nuestras “democráticas” y “responsables empresas”, que se ufanan de estar siempre “preocupadas por la gobernanza y los criterios sociales de la Agenda 2030”, los jefes ordenan y se resguardan del virus, y los trabajadores ven cómo su salud no es más que un simple dato macroeconómico a valorar junto al coste monetario de geles, permisos o reducciones horarias. Hay varios ejemplos que lo ilustran.

En las grandes empresas del sector del telemárketing como Konecta, GSS Covisian y otras, en las que trabajan centenares de personas en gigantescas naves, hacinados y compartiendo en función de su turno todo tipo de materiales (auriculares, teclados de ordenador, micrófonos…), la lucha para conseguir que haya geles desinfectantes, que los equipos de trabajo sean de uso individual o que, simplemente, se limpien habitualmente los baños de los trabajadores, ha sido constante, y ha venido marcada por repetidos altibajos derivados de las contradictorias señales enviadas al entramado productivo por los poderes públicos, pese a haberse dado repetidos casos de positivos en coronavirus en las instalaciones, que han sido enfrentados por las empresas con el aislamiento de los trabajadores y la limpieza de los puestos adyacentes a los de los enfermos, y solo muy tardíamente con la implantación del teletrabajo.

En el transporte público, la puesta en marcha de medidas de prevención de la enfermedad para proteger la salud de trabajadores y usuarios ha venido marcada por la presión de las fuerzas sindicales más combativas. En el Metro de Madrid, solo tras la amenaza de la sección sindical de Solidaridad Obrera de convocar una huelga indefinida de 24 horas, la empresa se vio obligada —el viernes pasado—, a cumplir las recomendaciones sanitarias de la misma Comunidad de Madrid. En el Metro de Barcelona, solo tras la aprobación de un decreto de la Conselleria de la Generalitat correspondiente, la dirección acepta negociar con el Comité de Empresa la puesta en marcha de las medidas que está exigiendo la comunidad médica.

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El Salto

El Coronavirus inicia la Crisis Financiera Mundial Diseñada en 2008. Subprimes 2.0, bonos basura y zombis. Análisis

Lo que creíamos que eran tareas inconclusas, flecos, después de la Gran Recesión de 2008 resultó ser un plan premeditado por la Fed para regenerar la crisis cíclica que permite la concentración de capitales. Otro. Las mismas técnicas con los mismos actores que en aquel entonces con unas técnicas y procedimientos constantemente denunciados. Llevan haciendo lo mismo desde hace 500 años pero no hemos aprendido aún cómo frenarlos. Ahora lo que podemos esperar son de 2 a 5 años de purga general y 10 de concentración de capitales para volver a empezar con el ciclo expansivo. Malditos capitalistas.

El artículo se escribió el mismo día del inicio de la guerra del petroleo entre Arabia Saudita y Rusia, que acabaría afectando definitivamente a EEUU, por lo que no pudo analizar el impacto extra de una nueva crisis en la economía. Nos hubiésemos reído.

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Portal Libertario Oaca

Coronavirus, agronegocios y estado de excepción

Coronavirus agronegocios

Mucho se dice sobre el coronavirus Covid-19, y sin embargo muy poco. Hay aspectos fundamentales que permanecen en la sombra. Quiero nombrar algunos de éstos, distintos pero complementarios.

El primero se refiere al perverso mecanismo del capitalismo de ocultar las verdaderas causas de los problemas para no hacer nada sobre ellas, porque afecta sus intereses, pero sí hacer negocios con la aparente cura de los síntomas. Mientras tanto, los estados gastan enormes recursos públicos en medidas de prevención, contención y tratamiento, que tampoco actúan sobre las causas, por lo que esta forma de enfrentar los problemas se transforma en negocio cautivo para las transnacionales, por ejemplo, con vacunas y medicamentos.

La referencia dominante a virus y bacterias es como si éstos fueran exclusivamente organismos nocivos que deben ser eliminados. Prima un enfoque de guerra, como en tantos otros aspectos de la relación del capitalismo con la naturaleza. Sin embargo, por su capacidad de saltar entre especies, virus y bacterias son parte fundamental de la coevolución y adaptación de los seres vivos, así como de sus equilibrios con el ambiente y de su salud, incluyendo a los humanos.

El Covid-19, que ahora ocupa titulares mundiales, es una cepa de la familia de los coronavirus, que provocan enfermedades respiratorias generalmente leves pero que pueden ser graves para un muy pequeño porcentaje de los afectados debido a su vulnerabilidad. Otras cepas de coronavirus causaron el síndrome respiratorio agudo severo (SARS, por sus siglas en inglés), considerado epidemia en Asia en 2003 pero desaparecido desde 2004, y el síndrome respiratorio agudo de Oriente Medio (MERS), prácticamente desaparecido. Al igual que el Covid-19, son virus que pueden estar presentes en animales y humanos, y como sucede con todos los virus, los organismos afectados tienden a desarrollar resistencia, lo cual genera, a su vez, que el virus mute nuevamente.

Hay consenso científico en que el origen de este nuevo virus –al igual que todos los que se han declarado o amenazado ser declarados como pandemia en años recientes, incluyendo la gripe aviar y la gripe porcina que se originó en México– es zoonótico. Es decir, proviene de animales y luego muta, afectando a humanos. En el caso de Covid-19 y SARS se presume que provino de murciélagos. Aunque se culpa al consumo de éstos en mercados asiáticos, en realidad el consumo de animales silvestres en forma tradicional y local no es el problema. El factor fundamental es la destrucción de los hábitats de las especies silvestres y la invasión de éstos por asentamientos urbanos y/o expansión de la agropecuaria industrial, con lo cual se crean situaciones propias para la mutación acelerada de los virus.

La verdadera fábrica sistemática de nuevos virus y bacterias que se transmiten a humanos es la cría industrial de animales, principalmente aves, cerdos y vacas. Más de 70 por ciento de antibióticos a escala global se usan para engorde o prevención de infecciones en animales no enfermos, lo cual ha producido un gravísimo problema de resistencia a los antibióticos, también para los humanos. La OMS llamó desde 2017 a que las industrias agropecuaria, piscicultora y alimentaria dejen de utilizar sistemáticamente antibióticos para estimular el crecimiento de animales sanos. A este caldo las grandes corporaciones agropecuarias y alimentarias le agregan dosis regulares de antivirales y pesticidas dentro de las mismas instalaciones.

No obstante, es más fácil y conveniente señalar unos cuantos murciélagos o civetas –a los que seguramente se ha destruido su hábitat natural– que cuestionar estas fábricas de enfermedades humanas y animales.

La amenaza de pandemia es también selectiva. Todas las enfermedades que se han considerado epidemias en las dos décadas recientes, incluso el Covid-19, han producido mucho menos muertos que enfermedades comunes, como la gripe –de la cual, según la OMS, mueren hasta 650 mil personas por año globalmente. No obstante, estas nuevas epidemias motivan medidas extremas de vigilancia y control.

Tal como plantea el filósofo italiano Giorgio Agamben, se afirma así la tendencia creciente a utilizar el estado de excepción como paradigma normal de gobierno.

Refiriéndose al caso del Covid-19 en Italia, Agamben señala que “el decreto-ley aprobado inmediatamente por el gobierno, por razones de salud y seguridad pública, da lugar a una verdadera militarización de los municipios y zonas en que se desconoce la fuente de transmisión, fórmula tan vaga que permite extender el estado excepción a todas la regiones. A esto, agrega Agamben, se suma el estado de miedo que se ha extendido en los últimos años en las conciencias de los individuos y que se traduce en una necesidad de estados de pánico colectivo, a los que la epidemia vuelve a ofrecer el pretexto ideal. Así, en un círculo vicioso perverso, la limitación de la libertad impuesta por los gobiernos es aceptada en nombre de un deseo de seguridad que ha sido inducido por los mismos gobiernos que ahora intervienen para satisfacerla (https://tinyurl.com/s5pua93).

Carta (A)bierta a las jóvenes generaciones

«El hecho de elegir sus amos no elimina a los amos ni a los esclavos»
Herbert Marcuse 

«Quien crea que el crecimiento exponencial puede continuar indefinidamente en un mundo finito es un tonto o un economista»
Kenneth Boulding 

Debido a que la memoria colectiva puede dar lugar a proyectos sociales subversivos, porque las raíces están ancladas, la historia oficial, la de los conquistadores, ha hecho que las personas sean amnésicas y desunidas. Las élites han dejado en claro que el devenir de la humanidad realmente se ha definido desde hace hace unos siglos con el surgimiento del capitalismo y el surgimiento del Estado.De ahí la afirmación, incesantemente machacada: no hay otra alternativa. Sin embargo, las opciones podrían haber sido diferentes, especialmente la de los combustibles fósiles. Es evidente que la ruptura entre el hombre y el entorno natural está empeorando. Aún sabiéndose que la destrucción de los ecosistemas continúa. La codicia de las élites proporcionó el impulso; La servidumbre voluntaria de unos cuantos ha hecho el resto. El resultado de esta loca carrera es que somos las primeras generaciones en la historia en dejar a sus descendientes, ustedes, un legado menos favorable que el que recibimos.

No fue hasta el siglo XVIII cuando surgió la idea de “progreso”. Contrariamente a lo que se les ha dicho, esta no es una perspectiva prevista por los pueblos para satisfacer el llamado deseo de consumo, sino más bien una construcción intelectual de las élites, totalmente vinculada a la evolución científica y técnica. El desarrollo de una ciencia supuestamente pura y desinteresada condujo a una alianza formidable del conocimiento, el Estado, la Industria y el Capital. Rápidamente, fueron las preocupaciones industriales las que proporcionaron a la ciencia sus materiales, sus preguntas y, a veces, incluso sus soluciones. Por razones de poder y beneficio, la concepción industrial, racionalizadora y productivista ha triunfado. Impuesta brutalmente, la tecnología se ha convertido en la nueva religión de la era industrial. El desarrollo infinito de las fuerzas productivas se supone que libera al hombre de la escasez, la injusticia, la guerra, la desgracia. El progreso de la ciencia y la tecnología debe producir progreso social y moral. Fueron enormes engaños y dos siglos después, el futuro nunca ha sido tan oscuro.

Para afirmar mejor la dominación de su modelo, las clases dominantes hicieron creer que los pueblos se adherían a él sin reservas. Pero desde el nacimiento de la era industrial, intelectuales, filósofos, novelistas, pero también trabajadores, artesanos, campesinos han denunciado los efectos de las nuevas máquinas en su trabajo y su forma de vida, los peligros, los riesgos, las molestias para un “confort” a menudo ilusoria que se adquiere al precio de la libertad y la dignidad. Históricamente, la técnica nunca ha sido objeto de una elección compartida; mientras que sus beneficios han sido sobrevalorados, sus riesgos han sido subestimados y nunca han dado lugar a un debate sustantivo. Por medio de acciones de fuerza, situaciones impuestas, cálculos sórdidos, procedimientos legales que enmascaran los desacuerdos y producen unanimidad, se ha tenido la consecuencia de imponer el hecho tecnológico, con el argumento pretendidamente irrefutable del poder de las máquinas.

Hoy en día, gracias al costo muy bajo de los combustibles fósiles, la producción racionalizada al extremo, estandarizada, automatizada, que incrementa la sacrosanta productividad, ha llevado al debilitamiento de las formas de autoayuda, de reciprocidad, a la pérdida de calidad de las obras, a la desvalorización del trabajo, la alteración del gusto, del juicio, de la inteligencia práctica, al aumento de los riesgos laborales para la salud, a un estilo de vida basado en lo superficial, lo efímero. En última instancia, a una domesticación del hombre por parte de la sociedad industrial y un desprecio por la vida, reducido a lo que la ingeniería permita. Un verdadero naufragio antropológico.

Pero hay algo mucho más grave. A partir de ahora, las promesas de vida y felicidad que se hacían en épocas pasadas se revierten en amenazas de muerte, en la medida en que el saqueo deliberado del planeta infligirá condiciones de vida cada vez más ingratas (probablemente esto sea un dulce eufemismo). Debido a que se han alcanzado los límites físicos del planeta, ya que se están extrayendo recursos más rápido de lo que se están recuperando, la megamaquina ha programado su propio colapso en las próximas décadas, lo que será fuente de destrucción y de sufrimiento para el mayor número de personas. En una sociedad que se ha vuelto “autófaga”, el homo economicus ya no tolera ninguna frustración y se hunde en una fantasía de descontrol y despilfarro: tal es el actual proceso de autodestrucción. La escasez o el agotamiento de materiales esenciales, la contaminación de diferentes entornos, la deforestación, la degradación del suelo y los océanos, la acumulación de desechos, el cambio climático con consecuencias potencialmente desastrosas… Las estrategias de los tiburones de las finanzas, las intrigas de los poderosos que no son nunca responsables, el egoísmo y la codicia generalizada, la cobardía de la vida cotidiana, han despojado a la juventud de futuro. Si la perspectiva es tan fatal, es porque la gran mayoría de hombres y mujeres querían escuchar solo las “buenas noticias”, rechazando con enojo a quienes se atrevieron a profetizar el desastre. Es lo que ocurre cuando un cáncer no se trata, llega a la fase terminal.

De modo que las jóvenes generaciones no solo tienen el derecho, sino el deber, de rebelarse sin moderación, sin concesiones, sin preocuparse del mundo mortal que condenará esa expresión de integridad y pretende neutralizarla con sus tramposas armas: la exacerbación del patriotismo, la locura militar, el gran circo electoral, la burocracia esclerótica, el engaño de la seguridad social, la criminalización de los movimientos sociales, la imposición del supuesto desarrollo sostenible, el mito del crecimiento, la mentira de la transición ecológica, los espejismos de la innovación tecnológica. Incluso la “Declaración de los Derechos del Hombre” de 1793 estipulaba que “cuando se violan los derechos de las personas, o de una parte de las personas, la insurrección se convierte para ellos en el más sagrado de los derechos y en el más indispensable de los deberes”. Y, sin embargo, la situación es aún más dramática: cuando los “pueblos” se suman al poder de los psicópatas, cuando la celebración de una copa mundial de fútbol importa más que una manifestación para la defensa de los beneficios sociales, la democracia no está solo en riesgo; ella murió.

Ya es hora de desconectarse de una sociedad donde los estafadores operan legalmente, donde la competencia ha destruido la solidaridad, donde se culpa a los pobres por su miseria, donde la esclavitud solo ha sido abolida en el papel, donde se pierde la vida para ganarla. Una sociedad donde las casas que en otro tiempo permanecían abiertas hoy tienen puertas cerradas y vigilancia, donde uno vive a crédito y procurando obtenerlo, donde el poder adquisitivo se ha convertido en sinónimo de emancipación y donde los políticos seniles dejan su lugar en el poder solo con la enfermedad de Alzheimer. Para anestesiar mejor el pensamiento crítico de la juventud, han sido transformados en conejillos de indias de artilugios tecnológicos a los que se impone la adicción. Ya es hora de mirar hacia arriba, apartar la vista del smartphone y demás trampas digitales para ver que el capitalismo no ofrece otra solución que la barbarie, que la felicidad reside en la simplicidad. Es siempre el amor a la libertad y la pasión de la justicia lo que ha elevado al hombre. Y recuerden la advertencia de Balzac: “La renuncia es un suicidio diario”.  

Como heredarás el peor de los mundos posibles, tendrás que reconstruir otro proyecto a partir de tales ruinas. Esto requerirá coraje, lucidez, imaginación y sobre todo cooperación. La negación de la realidad, la política del avestruz ya no puede tener lugar. Y no esperen hasta que la estupidez humana esté “científicamente probada” para erradicarla. Ese medio siglo perdido desde las primeras alarmas serias de la década de 1970 no se pondrá recuperar. En la escala de la historia, tenemos prisa. Si fallan, con cientos de millones de vidas destrozadas durante siglos, la humanidad quedará fuera de la aventura más emocionante. Por lo tanto, estás condenado al éxito. En cuanto a aquellos que quieren procrear imprudentemente, háganles saber que con ello contribuirán principalmente a alimentar las fosas comunes futuras.

La hoja de ruta es clara: participar en la transformación radical de la sociedad mediante la superación de una comprensible sensación de impotencia, evitando demasiados escollos: el callejón sin salida individualista, el culto a la pobreza, la tentación del poder, la ilusión de violencia, la deriva sectaria… Transformen su estilo de vida volviendo a lo esencial, a partir de la satisfacción con recursos locales de las necesidades básicas y vitales. Denuncien implacablemente y en cualquier circunstancia, a la jerarquía, la arrogancia, el desprecio, la injusticia, la hipocresía, la corrupción. Valoren constantemente la inteligencia colectiva, el trabajo socialmente útil, los intercambios de bienes, servicios y conocimientos, siempre sabiendo cómo preservar la convivencia. Las oportunidades de activismo, responsabilidad y experiencia son numerosas: sindicalismo, cooperativas, acciones de apoyo mutuo, organizaciones sin fines de lucro, centros de salud autogestionados, sistemas de intercambio locales, oposición activa a grandes proyectos innecesarios e impuestas sin consulta desde instancias de poder autoritario, luchas agrícolas con perspectivas agroecológicas, áreas para defender, jardines compartidos… En un proceso inevitable de colapso, lo peor sería no hacer nada.

Repensar nuestra forma de ser en el mundo significa aceptar ciertas certezas y prácticas. Y sobre todo, dejar de considerar la naturaleza como un supermercado y un basurero, y a la mujer como un objeto y una matriz. El auge de la ciencia no es solo la victoria sobre los prejuicios y el oscurantismo, sino también el triunfo de la racionalidad científica y técnica, la primacía de la razón abstracta, es decir. la devaluación de las cualidades sensibles, la intuición, el instinto y también el conocimiento tradicional de los pueblos indígenas, lo que lleva a una “civilización autista”. Solo lo que se puede formalizar usando las matemáticas es digno de atención. Con dos grandes consecuencias:

– Una relación de dominación con la naturaleza que justifica el mito prometeico de transformación del entorno. De ahí la domesticación y comercialización de la vida, la sociedad extractivista y termoindustrial que reduce el planeta a un vasto sitio de construcción permanente hasta el caos.
– La mismo relación de explotación y dominación ocurre con las mujeres. De ahí la generalización de las organizaciones patriarcales donde la visión mecanicista del mundo está acompañada por el odio a las mujeres (“histéricas, abrumadas por sus emociones”) y la caza de brujas. Un filósofo inglés, un lejano padre de la tecnociencia, Francis Bacon escribió: “La naturaleza es una mujer pública. Tenemos que ponerla al desnudo. Penetrar sus secretos y encadenarlo según nuestros deseos”.

Si no pueden salir de esta ignominia, de esta monstruosidad, eligiendo el oficio artesanal de la vida a la industria automatizada de la muerte, cualquier proyecto de sociedad estará condenado irreparablemente al fracaso.

Jean-Pierre Tertrais
Publicado originalmente en francés en el periódico Le Monde libertaire # 1805, París, abril 2019. Versión al castellano traducida por la Redacción de El Libertario